
Mis amigos y yo, nos desfiguramos, nos descarnamos, nos parecemos más y más a nuestro interior con cada día que pasa.
Miramos por la ventana y nos llenamos de admiración, de temor; caminamos aquí y allá sin salir de casa, de nuestra cabeza.
Observamos por la tarde a las personas y estamos extrañados; ajenos a sus sonrisas, sus abrazos, no entendemos. Cada ocasión para salir es una aventura a otro mundo, sobre el cual creemos haber leído mucho y con el que soñamos por la noche.
Al final del día, miro sin mirar hacia ningún lado, suspiro y agito mi cabeza sin comprender; incrédulo, estupefacto, vuelvo a suspirar. Hay algo que no entiendo.
Algunos logramos infiltrarnos en ese mundo por un rato, nos mantenemos abrazados con el corazón a nuestra tierra, sin la necesidad de fingir ser otro. Quizá el problema es hacerse tantas preguntas, tratar de entenderlo todo, esta falta de carácter. Aferrarnos a un sueño que mejore ambos mundos.
Cierro mis ojos y me doy cuenta, que ni el sueño ni la vida son tales. Todos vivimos en dos mundos, algunos de nosotros lo hacemos más en uno que en el otro.
Sueño y vigilia, obedecemos a distintas leyes.
¡Nosotros, infractores de la realidad! que esperamos volver a casa sin ser encarcelados.
Algún día, habrá alguien que me necesite; como yo necesito a la gente que quiero.
Siempre he tenido ese sueño de cambiar las cosas.
La distancia que me separa de lograr ese sueño es tan grande como mi creencia a pensarme como una persona ingenua.
Pero si al menos puedo lograr poner una sonrisa en el rostro de alguien, ayudar a nacer a otro soñador. Me daré por bien servido.
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